Vejestud, ¡divino tesoro!

Charles Eugster, tiene 96 años de edad, y cualquiera pensaría que es alguien que necesita ayuda para cruzar la calle, pero con casi 100 años de edad, tiene más fuerza y energía que muchos. Es el abuelo más fuerte del mundo

Por Francisco García Flores

Dice el maestro De la Cruz que se envejece voluntariamente, que usted puede tener cien años y sin embargo sentirse fuerte, animoso, contento, jovial y hasta juvenil.

Dice además que la vejez como la juventud, es un estado de ánimo; que si se deja dominar por la idea melancólica de que el fin está próximo, que si recurre al bastón para sostenerse cuando camina, que si le arredra el frío y los ruidos le quitan el sueño, no dude entonces que ha llegado la hora de su final.

Si le preocupan las enfermedades y se confina en los rincones más apartados, solitarios y silenciosos de su casa para que no interrumpan sus meditaciones acerbas los que aún no pierden la afición de vivir alegremente, si nada más habla de abandono y tristezas, ni duda cabe: Le ha llegado la peor época de su vida.

Ya está más para allá que para acá.

PERO si a pesar de sus muchos años se levanta tempranito cada día, alegre, confiado, seguro y lleno de esperanzas en el porvenir, como cuando vagaba tranquilo y con una canción valiente entre sus labios, entonces tiene derecho a afirmar que hay cuerda para rato, que le sobran los días y que tiene aún un grueso de energías físicas, mentales y morales para disfrutar a pleno pulmón los aires embalsamados de la dichosa edad madre.

“La vejez, dice el maestro De la Cruz, solamente es un estado anímico”.

En efecto, “¿no se ha fijado usted, agrega, en que cuando se nos muere un ser querido, parece que todo lo que nos rodea se hace frío, triste y pálido? Sin embargo, millones y millones de seres ajenos a nuestra desgracia ríen y asisten al espectáculo de la vida como a una fiesta de luz, de color y de ritmo?”

En cambio, si usted celebra su casamiento con la mujer amada, realiza un buen negocio o le toca la suerte del gordo de la lotería, entonces, ¡qué caray!, las mañanas huelen a azahares, usted ve más hermoso el sol, más bellos los amaneceres, más románticos los crepúsculos.

La gente le parece más simpática, a todo el mundo le sonríe; tiene usted una mejor digestión, duerme plácida y confortablemente.

En el primer caso, dice el maestro, usted miraba a los seres y a las cosas a través de unas gafas negras, y el segundo, con lentes de color de rosa. Entonces concluimos que, efectivamente, todo depende del estado de ánimo en que nos hallemos.

El creerse viejo, no es precisamente estar viejo. Tengamos veinte o cien años, la decadencia depende del estado en que uno se encuentra. Y es cierto, ¡cuántos jóvenes, son a los veinte años, unos viejos derrotados, alicaídos, quejumbrosos, decrépitos!

Y en cambio, ¡cuántos viejos son jóvenes aún de cuerpo y espíritu, con la chispa de los primeros años, ágiles, emprendedores, imaginativos, creadores, que caminan, trotan, corren, juegan tenis mañanero, corren tras cualquier bola, y también, desde luego tras de cualquier falda, pues es natural que si se conserva rozagante tenga la compulsión irrefrenable por “las cosas buenas” de la vida.

MORALEJA: No envejezcas amigo, deje que los débiles, inútiles y timoratos se rindan. Y viva su vida como si fuera éste el último momento.

Autor: revistasonorasinaloa

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